sábado, 23 de marzo de 2013

Reseña sobre "La sabiduría recobrada"


Uno de los libros que he leído recientemente, recomendado por un amigo psicólogo, ha sido “La sabiduría recobrada” de Mónica Cavallé (Ed. Kairós). El título salió a colación mientras hablábamos del plagio de una importante cantidad de páginas que hizo el autor estandarte del positivismo poco o nada ilustrado de nuestros tiempos, Jorge Bucay.

Este ensayo cuenta con muchos puntos a favor y pocos en contra, a diferencia de obras de autores especialmente de moda como el mecionado Bucay, Jodorowsky o Coelho, donde toda la realidad es envuelta en bonito papel de regalo. Y en eso queda, en unos segundos de encanto, como alumbrados por una paz que proviene de una ilusión de rápida disolución. A mi entender, el lector necesita algo más que consejos con los que reencontrarse –porque paradójicamente, también una vez nosotros hicimos acopio de un montón de ellos para ofrecérselos a un amigo-.

Cavallé, filósofa española no tan conocida como quizás sí lo sean otros compañeros de profesión nacionales como Savater, trata de enfocar la filosofía de los presocráticos como terapia. Es decir, intenta que el lector comprenda los inicios de la filosofía como forma de visualizar la realidad y no como una mera sucesión de teorías especulativas como le ocurrió a la filosofía más tarde. Lo que distingue a esta forma de pensamiento, claramente vinculada a algunas corrientes orientales y muy en forma debido a la coherencia con la que concibe la realidad, es la no dualidad. En el mundo occidental, especialmente, la dualidad o el concepto mental es el filtro a través del que contemplamos. Observamos nuestro entorno sin siquiera suponer otro método menos engañoso, la no dualidad, la uniformidad de las cosas. El logos de Heráclito, el Tao, son la existencia, la vida, Dios, el conjunto, que se compone de una estructura y un contenido originados para ser indisolubles. Acuñar las imágenes del reverso y el anverso de una moneda es imposible sin la propia moneda. De este modo, el amor no existe sin el odio, sin el dolor, la guerra no existe sin la paz, la felicidad no es sin melancolía, no hay vida sin muerte. Un mundo de contrastes y contraposiciones dentro del cual se halla también el alma del ser humano.

Visto desde esta óptica no relativista, no nos engañemos, ese “todo” o “Logos” es más llevadero, comprensible y conduce hasta la aceptación ya que como recupera el Mindfulness, nuestro bienestar depende del modo orientado a ser y no a la acción, como ocurre cuando deseamos que ocurra algo y no sucede sencillamente porque no debe ser , según una inteligencia suprema. Antes de acometer la acción, se nos sugiere el cambio, aprender a ser conscientes del ser.

Pudiera parecer que filósofos no especulativos como el ya mencionado Heráclito, Emmerson, Kierkegaard o Nietzsche, fueran personajes que experimentaron cierto desapego de la lucha y conquista del ser humano sobre la naturaleza y las circunstancias, pero no es así. Una de las ideas con las que más se mercadea para conseguir un cambio de actitud en la manera de vivir y hacer las cosas, y con la que no estoy enteramente de acuerdo es: “Lucha por lo que quieres, por lo que sueñas”. Procede de la mejor de las intenciones, sin duda. Pero no puede haber lucha sin una transformación previa. No se trata de saber cómo hacerlo e intentarlo. Debemos intentarlo una vez asumidos determinados presupuestos que son ajenos a lo conocido hasta ahora, la filosofía habitual.

Cavallé expresa de este modo las diferencias entre la citada filosofía o sabiduría auténtica y la sabiduría que permite avanzar en una sola dirección e impide retroceder:

  • El sabio desnuda la verdad; el filósofo sin sabiduría la recubre, la empapela con palabras
  • El sabio dice lo más profundo del modo más sencillo; el filósofo sin sabiduría dice lo más simple del modo más complejo posible.
  • El sabio nos deja con los pies y el corazón calientes y con la cabeza fresca, serena; el filósofo sin sabiduría nos deja con los pies y el corazón fríos, y la cabeza caliente. 
  • El sabio es aquello que conoce; el filósofo sin sabiduría se aferra a aquello que dice conocer. 
  • El sabio pone su confianza en la visión; el filósofo sin sabiduría, en la razón.

Además podemos encontrar transcripciones de textos de famosos filósofos de la antigüedad, tanto occidentales como de la escuela taoísta, que van a parecernos, a menudo, harto familiares, puesto que han sido copiados por pensadores mass media, por llamarlos de algún modo, que gozan de una fama excelsa y no precisamente por méritos propios, como ya he mencionado al principio del presente artículo. Un capítulo destacable que nos recordará muchísimo a los cuentos de Bucay es el dedicado a la parábola de F. Nietzsche: El león, el camello y el niño, las tres transformaciones del espíritu.


En definitiva, un libro altamente recomendado porque aunque no sea de fácil digestión, como se nos viene acostumbrando, presenta corrientes de pensamiento que no han llegado hasta nosotros a través del tradicional sistema educativo. Recursos novedosos con los que recuperar una cosmovisión más sostenible.









sábado, 9 de marzo de 2013

Opiniones en redes sociales



Un aliento para reiniciar o continuar la marcha debe ser breve pero certero. Y si ese intento de rescate procede del anonimato, opino que aún es mejor.  Es una muestra muy valiosa de camaradería y amor por lo que uno hace, en este caso escribir. Estoy hablando de todos aquellos comentarios que alguien puede publicar en un blog sin ánimo tan sólo de aportar, colaborar y en los de temática personalísima, como es el caso, aconsejar y espolear al bloggero para que se suelte y escriba de una vez por todas sin miedo. Lo que surja después no importa, está fuera de nuestro alcance, y así debe ser, monitorizar toda la actividad de otro individuo, lejano y desconocido. Y desconocido hasta cierto punto, porque si bien  jamás se ha mantenido conversación o ha habido acercamiento alguno y por tanto, difícilmente puede deducirse un mínimo rasgo de la personalidad que sitúe  a uno en disposición de emitir crítica o cualquier juicio de valor, que aleje, que aproxime, sí existe una comicidad inherente, la que proporciona una afición común. Es el universo de las aficiones en un plano secreto e íntimo. Los blogs de fotografía, de literatura, de arte en general, y dentro de los literarios, los personalísimos, por qué no, esconden relaciones no convencionales, gente que se ama y lucha en secreto , que se admira, que se envidia, que imita, con la que crece, con la que compite. Y, sin embargo, aunque algunos de estos sentimientos pueden ser tenidos como bajos o reprobables, no le son ajenos a nadie, “son” y nada más, sin observaciones pendientes.

Manuel dice que opiniones como las mías lo ayudan a seguir y eso a mí me pone muy tonta. Como contrapartida, el desinterés en el buen sentido y la deferencia de sus respuestas consiguen que pueda salir del atolladero de la indolencia y logre garabatear un borrador sin orden ni concierto, abandonado a murmuraciones desde lo más íntimo del proceso creativo. 

Así es que valga esta entrada como apología de las opiniones sin malquerencias, ilustradas, repletas de bienes tan escasos como la sabiduría y la  humildad.  Abajo las críticas de mal gusto, la demagogia, el uso indiscriminado de la palabra para dejar patente la existencia de uno o para comprar afinidades y crearse un público, una clientela, que quizá, a su vez, llegado el momento, compre su libro.

sábado, 12 de enero de 2013

Felicidad: acción

Fuente: http://www.investigacionyciencia.es


Bueno, pues ha llegado la época del año en la que toca sentirme desubicada. Más o menos estable pero sin saber a ciencia cierta lo que me hace feliz o creo que puede hacerme feliz, y lo que necesito. A menudo, pienso que no debería sentirme como una niña de quince años, ni añorar ser una veinteañera, pero sucede. El caso es que desde que estoy leyendo sobre Mindfulness e hinchándome a ver conferencias de Matthieu Ricard, siento como que estoy más centrada, que no feliz, y más perdida. Comprendo cosas como que nadie es absolutamente feliz o no puede serlo biológicamente el 100% del día o de su vida. Por propia deducción puedes imaginarlo. Sin embargo, en el ser humano siempre cohabita la sensación de insatisfacción, de la culminación de un deseo que jamás termina de cumplirse. La felicidad y la plenitud, la paz interior, o como uno quiera llamar al concepto, da para mucho. Da para tanto como historia de la humanidad, como cantidad de filósofos, psiquiatras, psicólogos y pensadores devanándose los sesos con el fin de encontrar una fórmula. Y finalmente, ni siquiera es la fórmula de la Coca-Cola... Tanto trabajo, irónicamente, para que luego venga algún que otro gurú y nos recuerde que el ser humano, quizá, no esté diseñado para ser feliz, sino todo lo contrario y tenga que estar siempre en lucha por ciertas metas sean factibles o no, más allá de la supervivencia.
Pero ya no se trata de ser más o menos feliz, de estar más o menos estable, de sentirse sano y realizado, sino de sentirse tan infeliz e incompleto que toda la vida te parezca un largo y vacío espacio para la publicidad. Todos podréis visualizarlo mejor si pensáis en la publicidad de Antena 3, única en su género. Con todo, lo peor llega cuando sabes que ese lapso interminable de tiempo no encontrará un final y sólo se trata del preludio de un programa o serie que no te gusta. En la actualidad, los psicólogos e investigadores señalan que una persona debe ser muy consciente de que debe encontrar la felicidad en la espera misma. En el Mindfulness, que yo veo casi como una adaptación de las técnicas orientales a nuestra forma de vivir en Occidente, se presta atención a los detalles, a las sensaciones reales del presente, a la respiración, que es el sinónimo de realidad absoluta o momento real, nuestro particular “aquí y ahora”. 




Una vez, recién levantada, cuando más confusa e inspirada suelo sentirme, creí poder resumir lo que sentía sobre mi vida. A continuación lo escribí en Twitter, templo de las frases célebres y el ingenio que se reducían antiguamente tan sólo a las escuetas inscripciones que aparecían en los azucarillos y en las galletas de la fortuna. En Twitter todo el mundo es ingenioso o lanza frases incluso con menos de los 140 caracteres prescritos o se convierte en Dios con tres retweets y cuatro “faveos” y si no me creéis, entrad y comprobadlo por vosotros mismos. Aunque si me estáis leyendo, muy probablemente lo sepáis de sobra, porque he observado con cierta perlejidad que sí, que mucho mundo 2.0 pero que en realidad los auténticos hikikomoris somos pocos. En fin, me estoy desviando del tema, y es que el mundo de TW es ancho como Castilla y da para muchos posts. Os contaba que pude sintetizar lo que era para mí la vida en ese instante oscuro, aún con legañas en los ojos, respirando atropelladamente, hecha una bolita bajo el edredón y cien mantas. Imaginando que bien pudiera ser lo más insignificante del mundo. “Algo no funciona cuando el pasado genera culpa, el presente, aburrimiento y el futuro, miedo”. En aquel momento, no era capaz de recordar nada agradable, nada que me impulsara y me arrastrara fuera de la cama para empezar el día llevando a cabo una de las tareas más fáciles del mundo.
Mi sensación a veces es que miramos demasiado desde lo que debe ser, desde lo que debe ocurrir en la vida de los otros –como aquella preciosa película alemana-. Presuponemos lo fantásticos y maravillosos que son algunos momentos en la vida de los demás y aunque gracias al razonamiento sabemos que no es así, no lo sentimos y es ahí, desde ese lado tan humano, las emociones y los sentimientos, desde donde tropezamos en el mismo pedrusco todas las veces que se nos ofrezcan, vaya. ¿Y dejar de ser humano? O incluso más asequible ¿volvernos puros ascetas?. Que yo escuche de tarde en tarde a Matthieu Ricard, que me seduzca con su discurso pausado y repleto de obviedades ocultas que descubrimos mientras exclamamos un “ay, es verdad”, que nos sintamos arropados, reconducidos, que sintamos compasión por nosotros mismos, no va arrastrarme hasta el ascetismo ni voy a convertirme en budista, porque mi realidad, mi entorno, mi familia, están aquí. Y esa realidad no es ni renunciable para el bienestar propio ni para el bienestar de esa gente que te rodea, de la que, aunque no lo creas ni a veces lo notes, recibes fuertes dosis de amor. Y más aún, a los que entregas todo tu cariño de forma altruista. ¿Cómo no nos damos cuenta de que eso es felicidad y no las aspiraciones que nos meten en el cogotillo mientras vemos la TV, alguna película donde todo el mundo es perfecto e incluso sufre dentro de parámetros aún considerados como perfección?
Como decía, no me veo con la cabeza rapada y vistiendo túnicas tibetanas. Mi vida sea como sea, calificada de ordinaria o no, ya está construida, hay partes de la estructura que me negaría a modificar. De todos modos, como llegar a ese punto no es necesario, podemos aplicar algunas directrices para lograr cambiar nuestra visión del mundo y de la vida, aplicándonos en la meditación. Ricard, asegura que en un mes, el cambio en nuestro cerebro, debido a la plasticidad del mismo, es claramente apreciable en caso de realizar un escáner. A mí esto me dejó impactada. De hecho, que todo suceda tan rápido fue lo que me convenció para intentarlo, porque al fin y al cabo, veinte minutos al día, no son nada y no hay excusa para ganar, nunca perder, veinte minutos. Es mucho mejor y recomendable que invertir veinte minutos en entrar a las mal llamadas redes sociales. Y además, todos sabemos que cotillear fotos y conversaciones ajenas nos lleva mucho más y encima nos hace sentir desgraciados.

Sea como sea, si algo he aprendido también últimamente es que lo importante es actuar y dejarse de ensayos generales y comidas de bola. Todos sabemos lo que tenemos que hacer y damos consejos y muy buenos consejos a veces, por cierto. Sin embargo, no vemos el momento de aplicarnos la medicina recetada y meternos en faena. Me considero una persona muy despistada, me olvido pronto de los consejos, de las advertencias, de las experiencias positivas y aunque me libre de ser rencorosa, y doy las gracias por ello, tengo que cambiar muchos aspectos de mi vida y en breve comprobaré que mis ganas son auténticas. Decía que soy despistada, pero hay frases que se me quedan grabadas a fuego, por el shock, por resultar inesperadas o porque sencillamente son frases destinadas al recuerdo permanente. Y esta frase vino de una becaria, una chica alegre y díscola, admirable en su positivismo, a la que llegué a querer mucho y que aún quiero. La sabiduría de una niña de 21 añitos: “Imma, deja de pensar y actúa”. Sencillo y efectivo.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Hormonas

Fuente: Healthy Balance Fitness

Las hormonas femeninas, en determinados días, desencadenan unos mecanismos que sirven para desorientarnos sobre nosotras mismas. No sabemos tomar las riendas de nuestras vidas y parece que nunca hemos sido capaces de hacerlo. Por eso nos mostramos tan desesperadas. Hasta que, inteligentemente, y como sería recomendado por cualquier psicólogo o buena guía de autoayuda, cedemos, dejamos que pase el tiempo o pulsamos el standby de algunas rutinas prescindibles. El reloj biológico se impone sobre el tiempo ordinario que, paradójicamente, pesa menos porque lo atestamos con todo lo que pueda caber en un minuto o una hora de reloj tecnológico.

Engullamos unos cuantos miligramos de ibuprofeno y fluyamos. Y de los malintencionados comentarios y ataques masculinos, ni hablemos. No merecemos que al dolor lacerante se le adicione la picazón simplona de un chiste, ya pasado de rosca, que emerge desde la burla y el resentimiento más primigenios.

Público masculino, si lo hubiere, léase con ironía y sin ánimo de revancha.

Como me acaba de recordar E. el chocolate es un buen remedio. Según él, el chocolate es una bendición y también una penitencia.

sábado, 25 de febrero de 2012

Ídolos


Todas hemos tenido un ídolo en la juventud. Y si no que les pregunten a las adolescentes actuales. La respuesta es de todos conocida. Desde la visión de una persona adulta como yo, muy probablemente, en el futuro, la bella visión idílica se desmoronaría y aún así ellas seguirán añorando los tiempos en los que, sí, M. o D., del insti estaban buenos, pero a años luz de su Bieber del alma, atornillado sobre la base de un pedestal que reposa sobre pétreos y sólidos fustes que escalan hasta más allá de las alturas del Olimpo.

Mi Justin de la época, y por muchos años, lo cual lleva a pensar que fue un momento de figuraciones adolescentes demasiado largas, fue Mel Gibson. Guardaba recortes de todo lo que era publicado: revistas, periódicos, incluso fragmentos rajados de carteles de películas que arrancaba de cuajo de alguna pared maltrecha, ya empapelada cientos de veces. Ahí estaba yo junto con mi sonrisa estúpida en la boca, mi acné perpetuo y mis grititos absurdos producto de un desbordamiento hormonal. Me sentía muy ufana  mientras pensaba que con semejantes nimiedades podría dármelas de vándala redomada, orgullosa en su uso de las formas groseras y rebeldes que intentan burlar por primera vez el límite de la autoridad y lo civilizado.

Las niñas de hoy no tienen mérito alguno. Su nivel de “freakismo” se lo han llevado esos otros tiempos donde la tecnología aún no estaba de nuestro lado ni era posible contar con un inmenso escaparate de fotografías, artículos en todos los idiomas con sus traductores disponibles, en multitud de aplicaciones, blogs y demás.  Hasta pueden descargarse las fotografías más libidinosas en sus móviles y regocijarse en sus cuerpos de papel couché transmutados en pantalla táctil. Pitidos constantes de mensajes constantes, en medio del discurso profundo y sintético de un profesor que sabe que lo mejor que puede sucederle es que la clase entera lo ignore. No, son unas malditas ingratas y cuando llegue el momento de hacer valoraciones retrospectivas -porque las harán, forzosamente, las harán - tiradas de una conciencia antigua que las atraerá hacia tiempos que creerán mejores, a su vez se verán obligadas a darse serios aires de despreocupación, fundamentalmente para no despertar suspicacias en sus maridos de panza abultada y pelo cano o inexistente.

Me veo a mí misma, en medio de la clase de historia, tratando de deshacerme de la somnolencia de las cuatro de la tarde, cuando el riego sanguíneo se cuela estrepitosamente entre el entramado de vísceras gástricas y perdemos la voluntad de continuar despiertos. Antes acostumbraba a pellizcarme para seguir en vilo, casi con un ojo cerrado y el otro atento, dirigiendo mi mirada fragmentada con atención e interés insólitos hacia la profesora. Aquella, a juzgar por su expresión, parecía muy halagada y me devolvía el hipotético interés, enérgica, espoleada en su explicación al comprobar que una de sus alumnas le dedicaba respeto sincero. Ni qué decir tiene que en mi cabeza revoloteaba el tedio y el miedo a encerrarme en mi habitación a partir de las seis de la tarde, tras la merienda. Obligada a estudiar sin ganas, a rezar sin ganas, porque mi cole era un internado de monjas, a llorar a solas sin ganas porque era lunes y ni siquiera podría escuchar por teléfono una sola vez a mi mamita querida. Porque era una niña malcriada, todo hay que decirlo. Y de las faldas de mi madre aún ahora no hay quien me arranque. Un buen novio quizás, y por supuesto el Mel Gibson de aquella época al que le dedicaba todo tipo de ternuras y homenajes, el más relevante, el dibujo con mis lápices de los números 1 y 3.


Si soy sincera no me comporto de forma muy distinta en la actualidad con respecto a la idealización. Remotamente se planta algún atractivo turista accidental delante de mi mostrador y ya imagino mil historias para completar una vida tan vacía y cómoda. Me pregunto qué edad tendrá y ¡oh! ¡infelice! que despierto y me doy cuenta de que no tiene treintaytantos, quizás esté a punto de rebasar ese límite pero ¡no! ¡No lo ha hecho! Y es entonces cuando me acojono, y cuando me acojono lo hago de verdad. Un montón de historias para la niña que durante cuatro años fue a un colegio de monjas y los fines de semana los dedicaba a estudiar en la habitación de la casa de sus padres, afanada en dar la talla en los estudios y a punto de zambullirse, de nuevo, en cinco días más, vacíos de las satisfacciones del mundanal ruido.

Al prota de "Arma Letal" le puse pronto los cuernos (bien, no tan pronto) tras terminar COU y además amplié el abanico de posibilidades catódicas y celuloides combinándolo perfectamente con mi galán de cabecera: John Corbett, por ejemplo, en su maravilloso "Doctor en Alaska"… y muchos más que ahora no consigo recordar. Hace unas semanas vi una miniserie con un Eric Stoltz cuarentón de principios de este siglo, maduro y resultón. Y para postre su personaje era de lo más apasionante en una historia en la que morías del aburrimiento. La película como he dicho resultó ser floja, pero basta para un sábado por la noche, de temperaturas invernales, enfundada en una bata casi a modo de la exitosa bata-manta, que te arropa cual novio inventado y tacto de peluche. Es lo que una Miss Jones necesita, más una copita de “misteleta” y un buen trozo de chocolate. Y finalmente, tras cincuenta y pico minutos de filme, por fín nuestro valiente protagonista se salta el matrimonio a la torera –todo muy justificado, porque la mujer padecía una depre demasiado larga que nos cansaba a todos- y tachán, se lía con la vecina, enlatados los dos en todo amor con sexo y además del bueno. ¿Y si resultase que yo soy la vecina…? Aquí la imaginación es tan pobre que sigo con mi retahíla platónica. No se trata de tener buen sexo o simplemente tenerlo con un tío macizo de las que no dan ganas de despegarse. Se trata de estar hasta las trancas por alguien y vivirlo de verdad. Y mirarlo y saber que sienta muy probablemente lo mismo.

En la vida real eso no pasa y por eso lo imagino y los dientes me chirrían de envidia. Como esos ha habido, por supuesto. Y ha sido tan real que me he acojonado –otra vez- y los he despachado sin más. Niños buenos y malos de ojos azules, que despiertan una vez más cuanto sentías por Mad Max o por el locutor de radio de Alaska. Lástima que el día a día no sea así y que ellos no puedan cambiarlo. No puedan cambiar la forma en que tú contemplas las cosas, creyéndote una casi cuarentona con conciencia de cuarentona y fondo de inocente de quince años, que aún espera el platonismo en un mundo cada vez más groseramente sincero.